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bien entrado el siglo XIX, la ciudad de Asunción mantuvo integro su espíritu
peninsular: casas con mucho de estilo español y algo de tecnología y recursos
autóctonos, con sus patios con arboledas, el infaltable aljibe, y las
galerías -tanto anteriores como posteriores-. Transcurrieron los años,
y la ciudad, que desde su origen en el remoto fortín fundado por Juan
de Salazar de Espinosa, creció siguiendo los caprichos topográficos
del lugar, se cuadriculó y se desarrolló con un poco más de orden y concierto.
Pero, allá por mediados de la centuria, le llegó la fiebre europeizante,
cuando llegaron técnicos extranjeros e imprimieron al paisaje asunceño
su impronta y su espíritu, aunque no con la intensidad ni la profusión
de otras capitales y ciudades importantes de la región. Esa fiebre arrasó,
por primera vez, con las típicas y frescas casonas coloniales y aparecieron
-también por primera vez- columnatas y capiteles jónicos, dóricos y corintios;
ornamentaciones en relieves, frontispicios, arcadas y cúpulas, que pasaron
a formar parte de una arquitectura eminentemente monumentalista, e introdujo
en la sociedad paraguaya la necesidad de ser diferente, un fenómeno que
arrancó en Francia con la Restauración, cuando familia enteras de la pequeña
burguesía, se trasladaron a vivir en barrios dispuestos solamente para
ellas. Así, en muchas ciudades aparecieron los barrios o calles habitados
por "gente bien", exclusivos. Durante el siglo XIX, una costumbre en el
relacionamiento social fue el desdén de la clase dominante hacia los proletarios.
Esta situación fue aprovechada por los egresados de las escuelas de bellas
artes, que con sus habilidades artísticas propiciaron esa necesidad de
ser diferentes del de al lado. La ideología liberal, en apogeo, auspició
esa necesidad de individualismo. El instrumento para el lucimiento de
las condiciones sociales fue la fachada de la vivienda. Y cada fachada
era una antología. La presencia en el país de artesanos europeos llegados,
contratados primero, luego con la inmigración, aportaron al paisaje urbano
los elementos que rompieron con la monótona arquitectura desarrollada
hasta entonces: comenzaron a aparecer con profusión los balaustres, las
molduras diversas, como cornisas, capiteles y demás elementos arquitectónicos
que llenaron las fachadas, las mismas que robaron espacio a las calles
y triunfaron sobre las frescas y recatadas galerías, característica de
una arquitectura colonial que fue cediendo calladamente su lugar. |