Uno de los edificios señeros y emblemáticos de la capital paraguaya es, indudablemente, el palacio mandado construir por el mariscal Francisco Solano López en la segunda mitad del siglo XIX, y que desde hace poco más de un siglo, sirve de sede al Poder Ejecutivo nacional. De líneas sobrias y elegantes, es en sí, una muestra de la arquitectura suntuaria y testimonio de toda una época histórica.
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Hasta bien entrado el siglo XIX, la ciudad de Asunción mantuvo integro su espíritu peninsular: casas con mucho de estilo español y algo de tecnología y recursos autóctonos, con sus patios con arboledas, el infaltable aljibe, y las galerías -tanto anteriores como posteriores-. Transcurrieron los años, y la ciudad, que desde su origen en el remoto fortín fundado por Juan de Salazar de Espinosa, creció siguiendo los caprichos topográficos del lugar, se cuadriculó y se desarrolló con un poco más de orden y concierto. Pero, allá por mediados de la centuria, le llegó la fiebre europeizante, cuando llegaron técnicos extranjeros e imprimieron al paisaje asunceño su impronta y su espíritu, aunque no con la intensidad ni la profusión de otras capitales y ciudades importantes de la región. Esa fiebre arrasó, por primera vez, con las típicas y frescas casonas coloniales y aparecieron -también por primera vez- columnatas y capiteles jónicos, dóricos y corintios; ornamentaciones en relieves, frontispicios, arcadas y cúpulas, que pasaron a formar parte de una arquitectura eminentemente monumentalista, e introdujo en la sociedad paraguaya la necesidad de ser diferente, un fenómeno que arrancó en Francia con la Restauración, cuando familia enteras de la pequeña burguesía, se trasladaron a vivir en barrios dispuestos solamente para ellas. Así, en muchas ciudades aparecieron los barrios o calles habitados por "gente bien", exclusivos. Durante el siglo XIX, una costumbre en el relacionamiento social fue el desdén de la clase dominante hacia los proletarios. Esta situación fue aprovechada por los egresados de las escuelas de bellas artes, que con sus habilidades artísticas propiciaron esa necesidad de ser diferentes del de al lado. La ideología liberal, en apogeo, auspició esa necesidad de individualismo. El instrumento para el lucimiento de las condiciones sociales fue la fachada de la vivienda. Y cada fachada era una antología. La presencia en el país de artesanos europeos llegados, contratados primero, luego con la inmigración, aportaron al paisaje urbano los elementos que rompieron con la monótona arquitectura desarrollada hasta entonces: comenzaron a aparecer con profusión los balaustres, las molduras diversas, como cornisas, capiteles y demás elementos arquitectónicos que llenaron las fachadas, las mismas que robaron espacio a las calles y triunfaron sobre las frescas y recatadas galerías, característica de una arquitectura colonial que fue cediendo calladamente su lugar.
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